"El desafío amplio de los actores de la Cultura de la Libertad es constituírse como movimiento conciente de su existencia, aprender a reconocerse unos a otros, a ver los mismos patrones de colaboración en todos los campos..."
Durante los últimos años, se dieron en Argentina algunos sucesos que fueron consolidando la visión de que la Cultura Libre puede ser un concepto mucho más amplio que el que comunmente se manifiesta.
Se fueron sucediendo eventos y encuentros donde confluímos personas de experiencias tan diversas como: producción de software, acceso a la cultura, modelos cooperativos de trabajo, generación local de energía, redes digitales comunitarias, medios independientes, sistemas de intercambio, autonomía sobre el propio cuerpo, fabricación de instrumentos electrónicos, soberanía alimentaria, eco-aldeas, recuperación pacífica de territorios apropiados, hacktivismo, actividad editorial, creación y difusión de arte y conocimiento...
Tan amplia fue la base de gente que se convocaba que ante la pregunta: qué estamos entendiendo por Cultura? La respuesta que nos dimos fue prácticamente de manual: “cultura es todo lo que el hombre hace”.
Y llevando esto al tema que da título a este documento, un simple reemplazo de variables nos llevaría a preguntarnos: “Lo que el hombre hace” tiende al bien común? Es bien común el resultado de “todo lo que el hombre hace”? Creo que la respuesta evidente es: No.
Pero por qué, si el bien común es algo con lo que podemos suponer a priori que (casi) cualquier persona estaría de acuerdo? La respuesta es simple: porque en realidad no decidimos lo que hacemos.
Desde la perspectiva de cada uno, la decisión sobre el destino del trabajo propio está determinada, en gran medida, por lo que consideramos: “la necesidad de ganarnos la vida”. La aceptación casi indiscutida de esta idea es lo que justifica nuestra mansa obediencia a las determinaciones de los poseedores del capital en el mundo, de los “dadores de empleo”. Son ellos quienes deciden cómo emplean el esfuerzo humano y sin duda no deciden que se destine al bien común sino, por el contrario, al crecimiento de la acumulación y el control.
Pero si lo que estamos haciendo nosotros, lo que nos une, no es la Cultura a secas, sino la Cultura Libre, vale preguntarnos: qué es lo que la distingue del resto de las actividades humanas? Y: tiende la Cultura Libre al bien común?
Creo que la diferencia no radica tanto en lo que hacemos sino en la forma en que trabajamos y el objetivo de nuestras acciones. No es que nuestro software no compile al mismo lenguaje de máquina, sino que el modo en que lo producimos y la forma de hacerlo disponible a los demás es diferente. Los alimentos producidos desde un movimiento campesino o en una ecoaldea, no son escencialmente otra cosa (la zanahoria sigue siendo una zanahoria aunque no contenga agro-tóxicos), sino que su forma de llegar a ser es radicalmente divergente de la producción agro-industrial. Y una red de comunicación comunitaria, transmitirá en las mismas frecuencias y usando los mismos protocolos y tecnologías que su contraparte comercial, pero su modelo de propiedad, de gestión y de crecimiento será otro muy distinto.
Podríamos seguir con los ejemplos, pero lo interesante creo que es detenernos a pensar qué es lo común a todos estos campos de acción que convergemos bajo el concepto de Cultura Libre?
Nuestras prácticas construyen libertad porque su sustento no es el poder organizador del capital, sino el esfuerzo conjunto realizado desde la colaboración entre pares. El fantasma de la escasez y el falso antídoto de la competencia por el dinero se diluyen cuando entendemos que lo que necesitamos no es dinero, sino aprender a organizarnos; y en este modo de entendernos, el dinero es un accesorio inevitable (por ahora).
El desafío amplio de los actores de la Cultura de la Libertad es constituírse como movimiento conciente de su existencia, aprender a reconocerse unos a otros, a ver los mismos patrones de colaboración en todos los campos y a trabajar por la creación y consolidación de los nexos que permitan la materialización de una nueva realidad que deje atrás la escasez, la competencia, el control y la acumulación en pos de un nuevo paradigma de abundancia y libertad construido desde la colaboración entre pares.
Si no nos cuesta reconocer que Microsoft, Monsanto, Barrick Gold, Warner o Telefónica, son sólo algunas de las diferentes caras de un mismo monstruo, deberíamos también aprender a darnos cuenta de que de este lado, también podemos constituír un nosotros con identidad y sentido.
Del Otro Lado: el monopolio y la concentración.
De Este Lado: la libertad construída entre pares.
Y entonces: utilizar software libre, comunicarnos a través de redes digitales comunitarias, conectarnos con el cooperativismo y la producción de los movimientos campesinos a través del comercio justo, informarnos a partir de medios independientes, luchar por la preservación del medio ambiente contra la depredación minera y agro-industrial, crear y nutrirnos de cultura y conocimiento de libre circulación, serán todas acciones conectadas y coherentes con un mismo camino: la manifestación de otro mundo posible desde la colaboración entre pares.
Mi apuesta, y soy conciente de que no es más que una expresión de fé, es esta:
El ser humano en libertad decide construír el bien común, por eso necesitamos lograr la libertad para devolver el sentido a “todo lo que el hombre hace” y esta libertad no nos la va a proveer el Estado ni otro agente externo, sino nosotros mismos, reconociéndonos, organizándonos y construyéndola juntos.